alejandra lezama Blog/Vlog Coaching

Nuestra pareja, nuestro mejor espejo

Hace poco mis papás cumplieron 30 años de casados (¡y para qué les cuento cuántos de enamorados!). Ellos han sido mi mejor ejemplo y creación del concepto de amor que ahora tengo y que, desde mi percepción, es el más sano. Les comparto un poco mi visión del mismo.

Lo primero que hay que entender es que, nuestra pareja no es nuestra media naranja, nosotros somos naranjas completas. Sólo desde ese amor propio, podremos amar al otro como complementariedad de una felicidad que ya se encuentra en nosotros. Nuestra pareja no tiene como misión el hacernos felices; nosotros tenemos el libre albedrío de elegir hacernos felices. El rol de esta es apoyarnos en nuestro proceso de toma de consciencia. Aquí está la clave donde el concepto de “amor eterno” pierde sentido, porque si gracias a esa unión, logramos desarrollarnos, entonces fue perfecto el encuentro (aunque haya durado 1 hora o 20 años).

Por otro lado, a veces, creemos que tenemos que recluirnos en un retiro de un mes en la India (¡Ojo! ¡Que no tengo nada en contra de ellos, porque todo suma!) para sanar ciertas carencias internas. La verdad es que, nuestro principal maestro de aprendizaje duerme con nosotros y lo hemos elegido, porque resonamos juntos. Todo lo que nos molesta de este, no es más que una proyección de nuestras sombras, por lo hay que elegir cambiar nosotros para que ello se deje de manifestar en nuestra pareja. Unido a ello, es importante la intención con la que se realice el cambio, ya que usualmente solemos cambiar con la finalidad de que el otro cambie. Ahí está el error, porque, si es así, todavía seguimos viviendo un mundo dualista, donde cambiamos para que el otro cambie como consecuencia. Ello sólo reafirma la falta de certeza de un mundo donde sólo existo yo y mis proyecciones en el otro. Además, el querer cambiar a alguien es tema del ego, de nuestro egoísmo y manipulación. Cuando amamos incondicionalmente, no existen expectativas. No existe el “seré feliz cuando él cambie”. No tenemos derecho a pedirle a nadie que cambie. Si alguien desea cambiar o no, hoy o en mil años, es su decisión, pero nuestra felicidad no debe estar signada por esto.

El amor verdadero, suelta.  Es un amor más sublime y profundo que las demandas de nuestros distintos deseos personales. Cuando realmente amamos, apoyamos al otro en su desarrollo, aunque ello implique tenerlo a nuestro lado 24 horas o 1 vez al mes.

El amor auténtico también requiere de autenticidad y coherencia, es decir, de ser siempre quienes somos, independientemente de los resultados. ¿A qué me refiero?, a no tener miedo a mostrar nuestra vulnerabilidad y expresar lo que realmente queremos; eliminando el temor a ser juzgados o menos valorados por ello. Es soltar el apego a que la otra persona responda como deseo. La persona responderá de la mejor manera para nuestra evolución. Si somos capaces de estar en una constante reflexión de nuestros actos, siempre creceremos con este vínculo. Tampoco hay que emitir un juicio de “bueno” o “malo”, sino de perfecto para ese momento de trascendencia.

Ingresar al mundo de la autoexploración no es tarea sencilla. Es una tarea de valientes. Muchas veces te vas a sentir incómodo, te va a doler, porque tocarás fibras internas muy sensibles. Además, no es fácil aceptar que tenemos la responsabilidad de todo lo que nos pasa y dejar de culpar a los demás. Es más fácil emitir un “es tu culpa por no llegar temprano”, a pensar: “¿qué estoy proyectando yo para que esa persona reaccione así ante mí?”. Es cambiar de un observador externo hacia un observador interno. Eliminar el juicio y el exceso de racionalización sobre las actitudes del otro (al final, jamás sabremos lo que el otro piensa, porque quizá ni él sea consciente de ello) hacia una mirada de uno mismo.

Así que, empecemos por casa, porque por algo hemos elegido a nuestra pareja. Estamos gritando subconscientemente que la requerimos para nuestra sanación. Este enfoque, nos hará amar con compasión y ver el verdadero ser maravilloso que tenemos al frente (sólo es nuestro reflejo). Si lo vemos con amor, será el reflejo de nuestro amor propio.

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