alejandra lezama blog Blog/Vlog Coaching

Cuando mi intensidad y yo nos hicimos mejores amigas

A estas alturas, creo que ya se habrán dado cuenta que, soy un ser humano bastante intenso. Desde pequeña, he sido así. Soy una mujer de extremos, de riesgos, de adrenalina, de jugármela; más aún si eso trae a cambio grandes cuotas de amor. Sí, soy de las que cantan a todo pulmón (¡la vivo!) cuando va manejando, la que en las fiestas infantiles parece una niña más, la que se toma vuelos para apachurrar a alguien sólo unas horas, la que le dice “te quiero” a alguien que recién acabar de conocer (pero es que, realmente lo siento). Siempre he pensado que, si vamos a hacer algo, hay que darlo todo. No entiendo de excusas. Creo que, cuando algo no se hace, simplemente no es prioridad (y eso también es válido). Cuando uno quiere, le saca minutos al día, busca soluciones y nuevas opciones, abre la laptop en el rojo o en un avión. Existe una energía tan fuerte que te moviliza, que hace que ello no sea una tortura, sino que lo disfrutes.

Al mismo tiempo, soy extremadamente sensible. Soy piscis con ascendente cáncer (¡no, no es broma!). Lloro en las bodas, lloro con las películas románticas, lloro al ver jugar a mis sobrinitas, lloro cuando veo la cara de mi chico y pienso: “Dios mío, qué ser más hermoso”. Siento con cada fibra de mi ser, por eso, lo expreso en besos, abrazos, palabras y acciones todo el tiempo. No siento que le haga ningún favor a nadie, siento que el favor me lo hacen ellos al dejarme expresarlo.

Sin embargo, la suma de máxima intensidad y sensibilidad, también podrían ser una bomba de tiempo. Si bien, nunca me incliné hacia el lado del conflicto, la impulsividad, los gritos y las peleas; me iba hacia el lado de eternas crisis de sufrimiento y ansiedad cuando alguien no valoraba o traicionaba mi sentir. Cuando alguien me mentía, no cumplía con lo que prometía, cuando se acaba una relación, cuando se aprovechaban de mi confianza; el dolor que sentía era inmenso. Sentía que me moría, que no me dejaba respirar y me asfixiaba. Largas noches sin dormir. Largas noches llorando. Largas noches al teléfono con mis amigas. Alucino con su incondicionalidad, paciencia y amor; porque podía ser insoportable. Cuestionaba mi forma ser, pensando que quizá era mejor ser más insensible, más fría, menos cariñosa, más manipuladora. En fin, se me derrumbaba la vida. Ese derrumbe podía durar varios meses y llevarse con él mucho enfoque, tiempo, personas, planes, mi amor propio y autoestima.

No sabía qué hacer. Me encantaba sentir así de intenso cuando eran para cosas positivas, pero no quería sufrir. Fue en ese momento cuando me di cuenta que el trabajo empezaba por mí. Elegí aprender a autoconocerme, conocer mis emociones, identificarlas y observarlas sin juicio. Aprendí que, era yo la que observaba el mundo de esa manera y que nadie me hacía daño. Lo único que tenía que cuidar eran mis pensamientos y percepciones. Por ejemplo, entendí que, a veces las personas no me estaban gritando, sino que hablaban en voz muy alta. Entendí que, no era nada personal, que así les hablaban a todos. También entendí que, las personas tenemos distintas formas de expresar el amor y no todas tienen que ir como monito saltarín repartiendo besos; que otras son más pausadas, que quizá no lo expresen con palabras y son más de acciones.

En ese camino, logré canalizar todo ese huracán de emociones para el bien. Comprendí que, lo que me hacía sufrir no eran mis intensas emociones; sino mi apego, mis ganas de tener el control, mis demonios internos, mis traumas del pasado que me hacían suponer y crear una realidad que sólo existía en mi cabeza (mi mejor aliado o mi peor enemigo), mis altas expectativas. Entonces, concluí que, había que trabajar ahí (no en nadie más) para poder esparcir todo el amor que tenía, sin hacerme daño y siendo mi primer amor.

Así que, a ti te digo: “Si te sientes identificado, no te sientas mal. Eres un ser hermoso por tener un corazón tan grande y poder sentir los milagros diarios tan intensamente. Sólo es cuestión de canalizar todo ese fluido de energía. No trates de cambiar, porque esa es tu esencia, tu don, tu poder, donde brota tu amor auténtico y vulnerable, desde donde inspiras a los demás, desde donde conectas, generas confianza y haces que las personas quieran estar bien cerquita de ti.”

¿Qué hago yo? Hago yoga. Mil inversiones de cabeza cuando estoy parada en mi razón, y quiero ver el mundo desde otra perspectiva y recordarle a mi ego que se está pasando de chistoso. Medito, medito mucho, varias veces al día. Escribo, no paro de escribir mis emociones antes de soltarlas (como ahora). Me meto a la ducha fría. Respiro consciente y diafragmáticamente. Salgo a correr y me quedo observando la naturaleza, sin juzgarla, sólo observando cada partecita de su ser (mindfulness). Salgo a manejar y canto como loquita. Me junto o llamo a mis íntimas amigas (o a mamá). Y de ahí, algo más grande: dicto clases de yoga, hago sesiones de coach, terapia y guío desde distintas maneras a las personas a desarrollarse. Doy amor y estoy al servicio de todo el que se me cruza al frente. ¿Viste que sí hay manera de hacer de nuestra “debilidad”, nuestra mayor fortaleza? Acéptate e inspira desde tu historia. No agaches la cabeza por todo lo vivido, ello te ha llevado a ser la persona que eres hoy y no te imaginas cuántas vidas puedes iluminar desde ello.

Antes de empezar la entrevista para El Comercio sobre “El Coaching, el yoga y la ansiedad”, me preguntaban: ¿Y cómo sabes tanto de eso? Y entonces, me señalé y les dije: “¡Miren aquí flaquitos! He sido la persona más ansiosa de este planeta, ahí mi recolección de métodos para salir de ello y “jugar” conmigo con cada una de las técnicas. Por eso, cuando tengo algún cliente al frente, conecto con su dolor y lo comprendo. Por eso, siento que ellos también me salvan una y otra vez. Aún hoy, aunque mi nivel de conciencia sea mayor, puede haber días en qué hay esas emociones de miedo y carencia. A veces, cuando acaba alguna sesión de coaching, soy yo la que piensa cómo me resonó eso y cómo aún tengo que trabajarlo en mí. Soy yo la que se recuerda a diario que mis pensamientos no son toda la realidad. Soy yo la que ha aprendido a no huirle al dolor, a sentirlo, reconocerlo, acogerlo, vivirlo; a quedarme con sus aprendizajes y luego soltarlo.

Como decía Carl Jung: “Lo que resistes, persiste”. Acepta, fluye con todas tus emociones, conócelas y alíate con ellas. No tienes idea el ser tan empoderado que puedes ser para ti y para tu entorno.

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