alejandra lezama Blog/Vlog Coaching

Mi encuentro conmigo

Hoy les quiero contar un pedacito valioso de mi vida…

Yo tenía un novio. Un novio al que amé de la manera más alucinante que puede existir. De una manera tan intensa que me desbordaban las emociones y me hacían llorar de alegría todo el tiempo. De una manera que hasta hace 2 meses pensé que no iba poder superar. Al ver su rostro, yo sentía como mi cuerpo se llenaba de energía, amor, convicción, seguridad, vitalidad. Estábamos “loquitos” los dos. Un par de seres intensos, libres y sin miedo, eran una combinación brutal. Un par viviendo en su propio mundo, recorriéndolo de la mano; sin importarles que sucediera a su alrededor, mientras al lado estuviera el otro. Lo cierto es, que era mutuo, que el amor que recibía a cambio venía multiplicado. Aprendí tanto, observándolo y por su generosidad de enseñarme con tanta paciencia y disfrute. Muchos (incluidos mis padres), tenían miedo y dudas de nuestro amor tan peculiar y mágico. Sin embargo, cuando nos veían juntos, era imposible que se opusieran o se cuestionaran. Nuestro amor se expandía por todos los espacios que recorríamos y no teníamos reparos en demostrarlo, defenderlo, vivirlo, lucharlo y disfrutarlo. Era un amor sano, con empuje y determinación. Creo que yo aporté la vitalidad, inocencia, diversión y travesuras de mi edad; y él, con sus 13 años de más, aportó la sabiduría, la calma, la seguridad, la certeza. Él me sabía guiar. Crecí a pasos agigantados. Maduré todo lo que no sucedió en mis primeros 24 años. Me hice mujer. Me hice mujer. Aprendí a asumir la responsabilidad de mis decisiones y las defendí en todo momento. Tuve vivencias que quizás la sociedad diría que no eran para mi edad. Me hizo abrir los ojos, pisar tierra, sacar carácter, sostener a alguien llena de miedo, porque el compromiso era inmenso y a mis 24 años no sabía cómo manejarlo. ¿Quemé etapas? No lo sé. Sólo sé que no me arrepiento de ninguna de mis decisiones. Fue una de las etapas que me llevó a ser la mujer que soy ahora y estoy tan orgullosa. (Este es el resumen, me tomaría un libro contar toda la historia; y un segundo, tratar de explicar nuestras emociones).

Lo cierto es, que mi historia de película de amor se terminó hace dos años y poco más. De un día para otro. Sin traumas, sin peleas, sin desgaste previo. Se terminó con la firme certeza de que era una decisión incuestionable. Toda la seguridad que había sentido en esos brazos por tanto tiempo, se acabó. Hoy, luego de muchos talleres de sanación, sé que ahí se activó un miedo que ya tenía del pasado, pero que volvió a evidenciarse: el miedo a que me traicionen, que me abandonen, que todo sea una falsa. La creencia de que “El mundo es peligroso”, “Que todos los hombres son iguales”. En mi cabecita, no entendía como un día, tú le podías exponer todos tus miedos a alguien, que ese alguien te reafirmara con tanta vehemencia y sin dudar que no iba a ser así, y al día siguiente (literal), desconocieras a esa persona. A mí me impactó muchísimo y me cayó como un baldazo de agua fría, quizá, porque el compromiso y la palabra dada era lo que más nos definía y nos hacía sólidos.

Los días que vinieron fueron espantosos, sentía que me moría, no podía respirar. La ansiedad. Mi cabeza que no dejaba de pensar. Me dolía todo de tanto llorar. No estaba en Perú y eso hacía que me sintiera aún más sola. No sé qué hubiera pasado si no hubiera tenido a 4 personas incansablemente conmigo en el celular todo el día (mi mami, Andre, Gaby, mi prima Cecilia). No sé qué hubiera pasado si no hubiera estado Alejandro (al primero que llamé) para calmarme por dos horas en el teléfono, buscarme, hacerme reír y cuidarme esos días. Estuve 10 días comiendo un pan con queso filadelfia por las tardes. Dormía de 8 pm a 5 pm. Las tres horas despiertas eran para comer el pan, recordar todo lo vivido, hacerme mil preguntas sin respuestas, hablar por teléfono llorar y seguir llorando. Me bajé como 8 kilos. También me enfermé. Me dio una infección muy fuerte. Tenía fiebre muy alta. ¡Ah! Me olvidaba contarles, no era la primera vez que me pasaba, era la 3 vez. Aunque, con esta había tocado fondo, fondo.

Volví a Lima. Para no perder la costumbre, visité a mi tío psiquiatra. La sesión duró hasta las 11 pm, 3 largas horas. Esta vez, creo que no estuve tan “mal”, no había que medicarme. Gracias a Dios, soy bien obediente y determinada. Luego de no tener más lágrimas, decidí hacerle caso. Tomé decisiones fuertes. Eliminé todo recuerdo. Eliminé toda posibilidad de volver a escuchar su voz. Eliminé la opción de volver a recordar alguna vivencia. “Un día a la vez. Un día a la vez siendo feliz. Mañana nos preocupamos por mañana, que aún no existe.” como me decía mi mami en esos días.

Luego, vinieron el sinfín de vergüenzas y culpas. Estoy en Lima otra vez. ¿Ahora, como defiendo lo que con tantas fuerzas sustenté y no existe? Y por favor, que no vengan los: “Te lo dijimos”. Elegí ser firme, abrazar mi historia, no avergonzarme de ella, llevarla con orgullo. Elegí sacar todo el aprendizaje para hacerme mejor persona, para que haya valido la pena. Después, vino la etapa de miedos. En medio de mi depresión, tocaba volver a rehacer mi vida. Mis amigos, mi familia, mi casa, un nuevo trabajo, ¿en qué? Wow! Era tanto, tanta gente, tantas actividades, tan poca energía, pero muchas ganas. (Dejaré esto así, porque da para otro libro).

Me tomé semanas para analizarme, para pensar qué hubiera podido hacer distinto. No desde un espacio de arrepentimiento, sino para un presente y futuro más consciente. Estaba harta de patrones de conducta y heridas no sanadas que me llevaban a lo mismo una y otra vez, que disminuían mi autoestima hasta el suelo, para dejarme peor para la próxima vivencia que viniera. Me vi realmente al espejo. Destapé todas mis heridas. Heridas que sabía muy bien tapar con mi “fuerte” carácter, valentía y picardía natural. Heridas que sabía ocultar con estar ayudando al otro antes de dejarme ayudar, antes de dejarme ver, antes de que alguien pueda tocar mi corazón. Darme cuenta que lo vivido con mi ex, sólo era el resultado de un sinfín de carencias emocionales previas, que la raíz no estaba ahí y lo más doloroso: Si no cambiaba, se repetiría una y otra vez hasta que lo trascendiera.

Es así, como me aferré con todas mis fuerzas al yoga, al coaching y a todo lo que tenía que ver con crecimiento personal, encuentro interior, etc. En todo este camino, me encontré. Observé desde una tercera posición, mi vida pasar desde los 4 añitos. Identifiqué cada momento que me causó una herida o una creencia que no me estaba permitiendo ser feliz. Me costó mucho, porque el consciente es tan experto en engañarnos, que incluso había borrado sucesos para no sentir dolor. Los reviví, me dolieron demasiado. Me di cuenta que estaba llena de rabia y rencor. Hice una lista de todos los sucesos y personas por las que sentía cólera. Decidí exponerlos, hablarlos, volver a integrarlos en mi familia, levantar un recuerdo que todos habíamos preferido enterrar. Decidí juntarme con ciertas personas, decirles desde el corazón cómo lo viví, preguntarles como lo vivieron, pedir perdón y perdonar. Fueron años muy huracanados. Elegí llevarlos casi sola, sin compartir este proceso a detalle. A veces, salía de largos fines de talleres para irme a mi casa agotada en todo sentido (sobretodo emocional). Llegaba, lloraba, meditaba, dolía, pero no le huía a la emoción, aunque me aterrara. Le agradezco a mis papás, porque sé que la tuvieron difícil. Gracias por tanta sabiduría y tino, por confiar en mí, respetar mis momentos de introspección y al mismo tiempo tener siempre sus brazos abiertos.

Sabía que para sanar y tener la vida que deseaba, había que mirar mis sombras, amarlas y soltarlas. Ese día ya no dolerían más. Ese día ya no lloraría al contarlas, no me avergonzaría y podría inspirar desde ellas.

Muchos creen que, siempre he sido la chica que se reflejan en mis frases, mis artículos, mis sesiones, mis talleres; nada más alejado de la realidad. Considero que, aunque tengo un buen corazón e intención; viví muchos tormentos, carencias y atraje daño. Es cierto que ahora, la mayor parte del tiempo, me siento libre de ego y pensamientos de miedo, pero aun así visitan (sé con quién o cuándo suelen aparecer más). La diferencia es que, hoy, soy consciente. Estoy despierta y en humildad para saber que mi cabecita me está jugando una mala pasada, y que es necesario identificar mi miedo y desintegrarlo haciéndole frente. Recuerdo la determinación de no permitir que dominen mis emociones, acciones y relaciones.

Les contaba esto para que no se sientan un “bichito raro”. Todos somos dualidad: Divinidad y humanidad. En esa humanidad, tenemos subidas y bajadas, vivencias dolorosas, emociones “negativas”. No está mal tener pensamientos tóxicos de vez en cuando. No te sientas culpable. Sigues siendo igual de valioso. Existe Divinidad en ti por naturaleza (¡aunque te sea difícil de creer!). Lo importante es que cultives esa magia y poder que hay en ti. Lo importante es que, si ya eres consciente de que algo no va “bien”, te hagas responsable y tomes acción. No te voy a mentir, es un camino retador, pero la recompensa es un nivel de autoconocimiento, aceptación y plenitud infinita. Con mucha autocompasión, paciencia y amor, todo se logra. “Un día a la vez” como dice mi mami. Lo importante es dar el primer paso.

¡Gracias, gracias, gracias!

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